lunes, 16 de septiembre de 2013

IMPORTANCIA DE LA FILOSOFÍA

Trabajo personal: Importancia de la filosofía. Para ello, leer las páginas 154 a 160 del siguiente libro:
LA NECESIDAD DEL FILOSOFAR
Desde hace algunos años, se comprueba un auge de la filosofía «fuera de los muros», de una filosofía desenclavada que a la vez se busca a sí misma y parece corresponder a una necesidad fundamental o vital de nuestras sociedades.
Las razones e índoles de esa necesidad, como ocurre siempre en este tipo de cambio paradigmático, son sin lugar a dudas múltiples y complejas. No se trata tanto de analizar sus causas, sino de interesarse más bien en las formas que reviste el fenómeno, ya que el deseo de filosofar es de lo más natural, como el deseo estético. Sin embargo, se propondrán algunas hipótesis con vistas a circunscribir sus orígenes. La más evidente es el fracaso o la desaparición de los grandes esquemas ideológicos, políticos, morales y religiosos tradicionales. La referencia a lo tradicional también tiene por objeto una « refundación ». Hoy en día, en particular en la esfera cultura occidental, cada individuo tiende a establecer su propio «menú» del pensamiento. Incluso los que se adhieren a una visión específica del mundo, tienden a menudo a reivindicar una personalización y una autonomía en la articulación de su relación con el esquema en cuestión, sea de orden individual o comunitario.
Cada individuo procura por lo tanto formular por sí mismo los valores, las razones de ser, las finalidades existenciales que pueden darle un sentido a su existencia particular.
En ese contexto, el pensar por sí mismo de la filosofía ofrece un itinerario o una perspectiva que puede convenir perfectamente a una búsqueda de sentido bastante concreta. Ahora bien, es en función a esa demanda que la situación ya no coincide con la visión académica, en la que las necesidades existenciales tienen un papel mucho menos importante, pero no inexistente. La segunda razón, que hace eco a la primera, es la transformación de las modalidades de los mecanismos socio-económicos tradicionales: la aceleración de los cambios desestabiliza las estructuras de identidad establecidas y nos obliga a buscar nuevos fundamentos y valores. Un tercer aspecto importante es la banalización de la cultura psicológica, que propugna la búsqueda de uno mismo como objeto de una actividad legítima, que desemboca de manera natural en la multiplicación de prácticas de desarrollo personal.
Desde un punto de vista histórico, cabe señalar que esa preocupación por uno mismo siempre fue una especie de campo que se apartó de las grandes doctrinas filosóficas.
Estas últimas versan más bien sobre la realidad del mundo, del pensamiento o del ser, una realidad que condiciona al individuo, por oposición a una actividad vinculada a la singularidad de un ser específico, que se considera menos noble y prosaica.
Incluso la filosofía existencial, que propugna los conceptos de identidad y de proyecto personal, se preocupa más por la universalidad que por la singularidad. Es irónico comprobar que el fundador de la filosofía occidental, Platón, que retomó el «conócete a ti mismo» socrático, casi nunca lo utilizó  como práctica cotidiana. La labor de conceptualización o de problematización, la clasificación de las ideas, la elaboración de sistemas, la lógica, la dialéctica y el pensamiento crítico, permanecieron en el núcleo del funcionamiento filosófico occidental, y casi desapareció la interpelación del sujeto detrás del discurso. Esa observación condujo a Lacan a denunciar una corporación de «filousophes» (filósofos que engañan) que deniegan el sujeto. En algunos casos en la historia de la filosofía se percibe la idea existencial de la filosofía como consolación (Boecio, Séneca, Abelardo) o como preocupación por uno mismo (Montaigne, Kierkegaard, Foucault), pero esas tentativas fueron siempre muy efímeras.
Percibimos otro aspecto de este fenómeno en el ámbito pedagógico, en el que hay una cierta valoración del pensamiento respecto al conocimiento. En efecto, muchas reformas en el campo de la enseñanza en el mundo tienden, con o sin razón, de manera justa o excesiva, a privilegiar menos la trasmisión de conocimientos para favorecer, en cambio, sobre todo la labor sobre la apropiación, el diálogo, el análisis, etc. Ello puede tomar la forma del critical thinking, del debate en clase, de la comunidad de investigación o del «aprender a aprender», todos los cuales actualizan la dimensión dialógica, subjetiva e intersubjetiva de la cultura. Un cierto sentimiento de sospecha ha surgido paulatinamente respecto a la evidencia de lo objetivo y de la universalidad, corriéndose el riesgo, por lo demás, de glorificar lo singular y la mera opinión. La experiencia personal parece ser más importante que el pensamiento a priori. Y es sobre este terreno algo particular que se arraiga la renovación actual del deseo de filosofar.
¿De qué motivaciones filosóficas se trata? Hay varios tipos de motivación en los que practican la actividad filosófica. Ahora bien, es importante comprender y elaborar el inventario de esas motivaciones, ya que varias de ellas no tienen ninguna relación con las otras, y en algunos casos se oponen de manera categórica. Si las expectativas y las demandas pueden coincidir en lo absoluto, se distinguen entre sí de manera bastante nítida en cuanto a la forma y al fondo. Intentaremos definirlas aquí en un cierto número de grandes categorías, sin considerar que corresponden a sectores específicos de la población, tomándolas más bien como tendencias, que pueden coexistir tanto en unos como en los otros, pero con diversas o en distintas proporciones.

1) Lo cultural

Comenzaremos con la demanda cultural, no necesariamente porque sea la más importante o la más corriente, sino porque es la más tradicional. Dicha demanda anima a un buen número de universidades populares, universidades de tiempo libre, universidades intergeneracionales, en las cuales se imparten cursos o se dan conferencias para el gran público. Se trata de un público que viene a iniciarse a algo que conoce poco o no del todo, pero que le parece importante o útil de conocer por razones de cultura general. Se trata principalmente de amas de casa y de jubilados.
En cuanto a las amas de casa, son sobre todo aquéllas cuyos hijos ya van a ser adultos, que disponen por ende de un poco más de tiempo libre y que se preguntan lo que podrían hacer con el mismo. A medida que su edad avanza, desean dedicarse un poco menos a los demás, a sus prójimos y un poco más a sí mismas. Algunas de ellas interrumpieron sus estudios para crear una familia, pero consideran que han pasado la edad de reiniciar estudios más avanzados: la fórmula generalista y aficionada les conviene perfectamente.
Las personas que frecuentan ese tipo de institución prefieren a menudo una visión generalista y menos específica, y aprecian los programas de conferencias que les dan una visión panorámica de los grandes temas, en vez de profundizar en una temática específica, para lo cual seguirían cursos «clásicos» en las universidades. En el caso de los jubilados, hay muchas personas, hombres o mujeres, que emprendieron su carrera en campos técnicos, administrativos u otros y que experimentaron una cierta insatisfacción en el plano cultural, y que desean aprovechar su tiempo libre para colmar ese vacío. Se trata también de personas que no disfrutaron de una educación muy avanzada, pero que han leído durante toda su vida o que intentaron educarse como podían en calidad de autodidactas, y que desean proseguir esa práctica de manera más constante. En esos públicos, ciertas personas emprenderán luego estudios más formales y avanzados, intentando obtener un diploma que los valorice. Para algunos, se tratará de su primer diploma de estudios superiores. En algunas universidades populares se ha comenzado a recurrir desde hace poco a nuevas prácticas, mediante fórmulas más participativas, incluyendo la organización de talleres.

2) Lo existencial

En el ámbito cultural, se hacía hincapié en el conocimiento, a pesar de que esa búsqueda del conocimiento estaba vinculada a otras dimensiones de índole más existencial. Se observa que la participación en las actividades filosóficas para los que han decidido por sí mismos emprenderlas concierne principalmente a las personas de 40 años de edad y más. Esta situación puede explicarse por dos razones.
La primera es que la cuarentena corresponde más o menos a los primeros balances de la existencia. En los países económicamente avanzados, ello equivale al paso a la segunda mitad de la existencia. Se procura examinar lo que sucedió durante la primera mitad de la vida, en términos de interés, sentido, valor, etc. Uno comienza a preguntarse si «todo eso» no fue en vano, si la vida no es otra cosa que la suma total de los pequeños gestos cotidianos.
La segunda razón, que se relaciona con la primera, es que la dimensión práctica de la vida se ha «asentado». No se busca una carrera; ya está definida. Una vez establecido el estatus de la persona, es más difícil fantasear sobre lo que podría hacerse o sobre lo que podría ser. Además se instala una cierta fatiga, psíquica y física, y ya no se desea perseguir quimeras ilusorias ni recompensas materiales o concretas. En la tradición de los brahmanes, esto corresponde a la tercera edad. La primera es la del aprendizaje, la segunda, la de la acción y la tercera, la de la meditación. En ese momento, se deja a la generación siguiente ocuparse de los asuntos cotidianos, para distanciarse y convertirse en sabio, alejándose de la carrera que se concentra en la actividad material, la gestión de los negocios o la búsqueda de los placeres de este mundo.
Claro está, según los temperamentos, las culturas y las posibilidades económicas, este proceso comenzará hacia la cuarentena, pero se determinará de distintas maneras o en momentos diferentes según los individuos y las circunstancias. Sin olvidar que en ciertos contextos socioeconómicos, incluso a una edad avanzada, si es posible llegar a esa edad, no es posible escapar materialmente a la actividad de supervivencia.
En resumen, avanzamos el principio general que cuando se trata de una búsqueda existencial, la actividad filosófica hace eco de la necesidad de comprender, de aprehender mejor el mundo, de tomar conciencia de la finitud del ser, de aceptar la imperfección de las cosas, e incluso de comenzar a prepararse para la muerte, etc. Ello explica en gran parte el éxito de las distintas prácticas del desarrollo personal.

3) Lo espiritual

La búsqueda espiritual está estrechamente vinculada a la búsqueda existencial, pero con formulaciones y necesidades más específicas, que podrían denominarse como metafísicas. Esta categoría puede clasificarse como un caso particular de la búsqueda existencial, puesto que la existencia particular o individual puede percibirse como de índole secundaria o poco sustancial respecto a los desafíos ontológicos o preocupaciones más abstractas.
Se concibe entonces a la filosofía como un sucedáneo de la religión, corriéndose el riesgo de considerar al filósofo como alguien que dispensa verdades. El rechazo de los grandes esquemas religiosos, en particular sus obligaciones rituales, sus rígidas jerarquías y sus imperativos morales, es una de las razones que explican ese entusiasmo por la filosofía. A menudo encontramos en el público concernido una receptividad bastante grande para las tesis de la New Age (1) y para la filosofía oriental. Se trata en suma de un sincretismo compuesto de elementos religiosos y filosóficos muy diversos, occidentales y orientales, teológicos, esotéricos y animistas. La deidad tiende a ser despersonalizada y la persona humana, deificada, con el objetivo de lograr superar la oposición entre lo humano y lo divino. Los conceptos o temas recurrentes son los de unidad universal, armonía global y autonomía personal, una nueva era en la que la humanidad realizará su potencial físico, psíquico y espiritual, en la que superará la finitud.
Una de las paradojas de la relación entre esta sensibilidad y la filosofía es que la New Age propugna una «superación de lo mental», esto es, defiende la intuición contra el concepto, lo que es más bien contrario a las tesis clásicas de la filosofía.
Sin embargo, se puede identificar la relación con la actividad filosófica, por una parte, porque la influencia de la New Age no se caracteriza siempre por una radicalidad extrema y, por otra parte, porque las nuevas prácticas filosóficas amplían el campo de la cultura filosófica con sus referencias culturales, así como las modalidades del pensamiento a las que recurre. Asimismo, muchos «cristianos culturales», en particular católicos no practicantes, se reconocen en el enfoque filosófico, puesto que les permite tratar temáticas metafísicas sin partir necesariamente de un discurso que se refiere a una revelación. Los que se adhieren a ese esquema, de manera más o menos consciente, se orientarán hacia la filosofía para obtener respuestas a sus interrogantes, corriendo el riesgo de percibirla como un sucedáneo del cura, que proporciona elementos de  la realidad que no son de este mundo. Sin embargo, si los individuos participan en un taller de filosofía, en vez de seguir a un gurú o ir a la iglesia, pueden emprender en cierto grado una vía filosófica.

4) Lo terapéutico

La terapéutica es otra forma específica de la demanda existencial. Su diferencia principal radica en la exacerbación del problema planteado. Cuando la búsqueda del sentido toma la forma de un dolor relativamente insoportable, cuando el cuestionamiento se convierte en obsesión y la duda paraliza el vivir diario, se puede considerar que estamos frente a un desorden que puede llegar a ser patológico. La línea de demarcación, si se puede trazar, entre el problema filosófico y el problema psicológico podría ser el mantenimiento de la capacidad de razonar, y por ende, de distanciarse un mínimo de uno mismo. Pero esa línea no es muy clara o evidente.
Periódicamente, la filosofía aparece por ejemplo como una actividad de consolación ante los dolores y las tristezas de la existencia, y aun si ésa no es su forma más corriente, al menos de manera explícita, sigue siendo una de las posibilidades que ofrece su campo de acción. Por lo demás, algunos filósofos trabajan explícitamente con personas reconocidas como enfermos mentales por los expertos en la materia, como por ejemplo en los hospitales o en unidades pedagógicas especializadas, con vistas a reconciliarlos con su condición de seres pensantes. Sin llegar a esos extremos, algunos que experimentan dificultades evidentes, incluso a juicio de los que no son especialistas, participan en talleres o se inscriben en consultas particulares.
En esos diferentes casos, uno puede preguntarse en qué medida se puede concebir la filosofía con dicho público, si es útil o pertinente, pero de hecho una parte del público que emprende la práctica filosófica pertenece a esa categoría. Algunos filósofos practicantes ponen en tela de juicio de manera directa y abierta la dominación de la psicología clínica, de la psiquiatría, de la psicoterapia o del psicoanálisis sobre las perturbaciones mentales, afirmando que se trata de una tentativa ilegitima de clasificar como patologías a ciertos comportamientos que reflejan simplemente problemas existenciales a veces agudos, que pueden y deben ser tratados mediante una práctica filosófica, más bien que mediante una práctica médica. Consideran que el «psicologismo » predominante equivale a una infantilización del ser humano, una pérdida de su autonomía, una «medicalización » abusiva, un reduccionismo regresivo, e incluso un consumismo de la mente que pretende que hay que hacer todo lo posible para sentirse bien, ocultando la dimensión trágica y finita de todo ser humano.
Esa cuestión permite poner de manifiesto otra problemática importante: la del estado de pensamiento racional frente a los sentimientos, el dolor, la pasión. ¿Debe concebirse el pensamiento racional como algo constitutivo del ser singular o, al contrario, de lo que nos impide vivir? Evidentemente, hay pocos que van a asumir una u otra de esas posturas extremas, pero cada individuo puede sentir más afinidad por una o por otra. En cuanto a las personas que desean participar en una actividad filosófica, a ver» sus problemas o atenuar su sufrimiento, mientras que otros deberán confrontar su propio marasmo.  

5) Lo político

Así como hay algunos que conciben la actividad filosófica como un sucedáneo de la religión, hay otros que recurren a la misma como a un sucedáneo de la política. Y esto por varias razones. En primer lugar, porque se rehúsa «comprar» esquemas prefabricados, ya que hoy cada individuo quiere construir su propia ideología, sin ser demasiado consciente de ello. En segundo lugar, porque hoy en día hay una fuerte desconfianza en los políticos, a quienes se percibe a menudo como personas ávidas de poder o de dinero, corruptos y dispuestos a recurrir a las estratagemas más viles. En tercer lugar, porque lo inmanente prima sobre lo trascendente: lo interpersonal es más popular que las instituciones, el concepto de caridad tiene mejor reputación que el de justicia, lo humanitario es más fiable que la política. En cuarto lugar, porque el compromiso ya no está de moda: el militante no es un ideal, deseamos ser «libres y autónomos», preferimos las estructuras informales, las asociaciones o los comités a los partidos y a los clanes. El debate de ideas gusta porque es abierto, el debate de opiniones está de moda, tanto en privado como en público, en los medios de comunicación como en el trabajo. Claro está que queda por determinar si la actividad filosófica se presta a este tipo de ejercicio, si puede coexistir con el debate de opiniones políticas. Todos los filósofos tendrán algo que decir sobre la relación entre el debate y la opinión, y habrá un choque de tesis.
Pero está claro que hay muchas personas que se orientan hacia la discusión filosófica precisamente por esa razón: para debatir sus ideas sobre la justicia, la economía, la ética, la política, el medio ambiente, la libertad, el poder del dinero, de los medios de comunicación, por citar solo algunos temas recurrentes. Buscan un lugar donde expresar sus ideas, donde escuchar las de otros, donde compartir sus opiniones con sus conciudadanos o donde confrontarse a los mismos, donde avanzar sus argumentos o donde desmontar los de los demás. ¿Se acude para convencer, aprender o reflexionar? Después de todo, los filósofos profesionales también defienden a menudo sistemas y los aficionados desean hacer lo mismo.
En algunos lugares donde se lleva a cabo la práctica filosófica, se defiende la idea según la cual la filosofía no tiene sentido si no «desemboca en la acción», que es necesariamente política si desea tocar lo real. Sea como fuere, el deseo de una sociedad mejor o de una sociedad más justa anima, desde un punto de visto teórico, tanto la reflexión filosófica como política, y no es siempre fácil distinguir la una de la otra. Pero ciertos lugares donde se lleva a cabo la práctica filosófica tenderán a cerrarse sobre sí mismos si se comprueba una tendencia hegemónica, como es el caso de todo lugar en el que impera un cierto modo de pensar tal o cual tema. La única diferencia radica en que el debate político quizás alimenta más fácilmente las enemistades ideológicas que otros temas.
En todo caso, este tipo de debate permite, sin embargo, profundizar hasta un cierto punto en las problemáticas al crear un debate de ideas, para salir de la política hecha espectáculo, de la defensa de intereses particulares o de la política-comunicación, a condición claro está de que se lleve a cabo de manera adecuada.

6) Lo relacional

Una de las razones de ser o de motivación de la actividad filosófica, por sorprendente que sea, es el deseo de establecer una relación con sus semejantes. Y en efecto se trata de un excelente medio para encontrar a otras personas, en particular en nuestras grandes ciudades, donde no es siempre fácil establecer relaciones sociales y entablar una conversación.
Y ello tanto más si se desea que esas relaciones tengan un cierto nivel de reflexión y de contenido, y que no se desee congeniar con cualquiera. Se puede afirmar que una persona que frecuenta un medio filosófico goza sin duda de un cierto nivel cultural, social y económico. ¡A pesar de que la experiencia muestra que ése no es exactamente el caso! Algunas revistas se refieren a los cafés-filosóficos como un lugar que se aconseja frecuentar si se desea entablar relaciones con otras personas, puesto que es natural discutir con vecinos en ese tipo de lugar, y que la discusión es su actividad esencial. Al contrario de lo que ocurre con otras actividades, uno puede asistir de manera pasiva y guardar silencio si no se siente cómodo para tomar la palabra. Dejando de lado el aspecto caricatural, que algunos puristas estimarían ridículo, esos lugares permiten, en efecto, establecer un vínculo social.
No siempre encontramos los interlocutores que desearíamos encontrar, sobre todo si deseamos hablar de temas «importantes» que no son de interés para todo el mundo. Además, como hay una gama de actividades filosóficas, con exigencias muy diferentes, cada uno podrá encontrar –o no– el lugar que corresponde a sus expectativas, con el público que le conviene. Es útil que esos lugares existan, donde uno puede encontrarse con sus semejantes para simplemente intercambiar sus ideas, así como hay lugares en los que se puede jugar al fútbol o visitar museos en grupo. Pero los puristas deploran el hecho de que la actividad filosófica se reduzca a ser un mero lugar de encuentros y que se instrumentalice a la filosofía para colmar los vacíos relacionales de los individuos.
7) Lo intelectual
Otra categoría corresponde a la motivación intelectual, ya que ésta remite a una necesidad particular: aprender a pensar, gozar del placer de pensar. Puede confundirse con otras motivaciones, por ejemplo la motivación existencial, o cultural, pero a nuestro juicio se trata de un elemento específico que merece ser analizado.
Ya que, a diferencia de la actividad filosófica tradicional que reviste a menudo la forma «cultural», que consiste en hacer pensar enseñando lo que han escrito los filósofos, ciertas prácticas filosóficas, en grupo o de tipo individual, se concentran sobre todo en la actividad del pensamiento, sin necesariamente renegar de los aportes culturales, por ejemplo, gracias a una técnica como la del cuestionamiento socrático: la mayéutica. En este caso, el pensamiento se instituye como una actividad en sí, sin vincularse de hecho a elementos culturales, existenciales, sociales u otros. Sin embargo, claro está que no podrá ignorarlos por completo, puesto que esas problemáticas siempre estarán presentes en filigrana y no se puede filosofar a partir de nada o de absolutamente nada. Pero, al mismo tiempo, podrá asemejarse a la actividad de un pensamiento que se piensa a sí mismo, que piensa sobre sí mismo, como sustancia y finalidad de su propia actividad. Esta categoría no agrupa a la mayoría de los que desean lanzarse en ese tipo de modalidad de práctica, habida cuenta de la dificultad de dicha empresa, pero al mismo tiempo los que se arriesguen a practicarla serán los más motivados y los más aptos para promover activamente la actividad filosófica.
Encontramos en este caso las características esenciales de lo que podría ser un practicante, que no es necesariamente alguien que haya frecuentado un departamento de filosofía en la universidad.
Esta modalidad de actividad filosófica es una de las que cabría popularizar y reconocer, ya que no será adoptada de inmediato, a pesar de que es este tipo de actividad el que condiciona a todas las otras. ¿Cómo pensar en el mundo o en uno mismo si no se aprende a pensar?
Eso es lo que nos constituye de manera mucho más fundamental que muchos otros aportes culturales o intercambios empáticos, aun si en una primera fase un ejercicio de esa índole puede parecer extraño y desestabilizador. En efecto, el hecho de profundizar y de conceptualizar sin preocuparse por intereses existenciales inmediatos, sin obedecer de manera inmediata a la necesidad de expresarse, es una ascesis que no es ni natural ni evidente.
Es el principio de la discusión en el gimnasio, ese cuerpo a cuerpo del pensamiento, como lo concebía Sócrates.
Tomado de LA FILOSOFÍA, UNA ESCUELA DE LIBERTAD.