Trabajo personal: Importancia de la filosofía. Para ello, leer las páginas 154 a 160 del siguiente libro:
LA NECESIDAD DEL FILOSOFAR
Desde hace algunos
años, se comprueba un auge de la filosofía «fuera de los muros», de una
filosofía desenclavada que a la vez se busca a sí misma y parece corresponder a
una necesidad fundamental o vital de nuestras sociedades.
Las razones
e índoles de esa necesidad, como ocurre siempre en este tipo de cambio
paradigmático, son sin lugar a dudas múltiples y complejas. No se trata tanto
de analizar sus causas, sino de interesarse más bien en las formas que reviste
el fenómeno, ya que el deseo de filosofar es de lo más natural, como el deseo
estético. Sin embargo, se propondrán algunas hipótesis con vistas a
circunscribir sus orígenes. La más evidente es el fracaso o la desaparición de
los grandes esquemas ideológicos, políticos, morales y religiosos
tradicionales. La referencia a lo tradicional también tiene por objeto una «
refundación ». Hoy en día, en particular en la esfera cultura occidental, cada
individuo tiende a establecer su propio «menú» del pensamiento. Incluso los que
se adhieren a una visión específica del mundo, tienden a menudo a reivindicar
una personalización y una autonomía en la articulación de su relación con el
esquema en cuestión, sea de orden individual o comunitario.
Cada
individuo procura por lo tanto formular por sí mismo los valores, las razones
de ser, las finalidades existenciales que pueden darle un sentido a su
existencia particular.
En ese
contexto, el pensar por sí mismo de la filosofía ofrece un itinerario o una
perspectiva que puede convenir perfectamente a una búsqueda de sentido bastante
concreta. Ahora bien, es en función a esa demanda que la situación ya no
coincide con la visión académica, en la que las necesidades existenciales
tienen un papel mucho menos importante, pero no inexistente. La segunda razón,
que hace eco a la primera, es la transformación de las modalidades de los
mecanismos socio-económicos tradicionales: la aceleración de los cambios
desestabiliza las estructuras de identidad establecidas y nos obliga a buscar
nuevos fundamentos y valores. Un tercer aspecto importante es la banalización
de la cultura psicológica, que propugna la búsqueda de uno mismo como objeto de
una actividad legítima, que desemboca de manera natural en la multiplicación de
prácticas de desarrollo personal.
Desde un
punto de vista histórico, cabe señalar que esa preocupación por uno mismo
siempre fue una especie de campo que se apartó de las grandes doctrinas
filosóficas.
Estas
últimas versan más bien sobre la realidad del mundo, del pensamiento o del ser,
una realidad que condiciona al individuo, por oposición a una actividad
vinculada a la singularidad de un ser específico, que se considera menos noble
y prosaica.
Incluso la
filosofía existencial, que propugna los conceptos de identidad y de proyecto
personal, se preocupa más por la universalidad que por la singularidad. Es
irónico comprobar que el fundador de la filosofía occidental, Platón, que
retomó el «conócete a ti mismo» socrático, casi nunca lo utilizó como práctica cotidiana. La labor de
conceptualización o de problematización, la clasificación de las ideas, la
elaboración de sistemas, la lógica, la dialéctica y el pensamiento crítico,
permanecieron en el núcleo del funcionamiento filosófico occidental, y casi
desapareció la interpelación del sujeto detrás del discurso. Esa observación
condujo a Lacan a denunciar una corporación de «filousophes» (filósofos que
engañan) que deniegan el sujeto. En algunos casos en la historia de la
filosofía se percibe la idea existencial de la filosofía como consolación
(Boecio, Séneca, Abelardo) o como preocupación por uno mismo (Montaigne,
Kierkegaard, Foucault), pero esas tentativas fueron siempre muy efímeras.
Percibimos
otro aspecto de este fenómeno en el ámbito pedagógico, en el que hay una cierta
valoración del pensamiento respecto al conocimiento. En efecto, muchas reformas
en el campo de la enseñanza en el mundo tienden, con o sin razón, de manera
justa o excesiva, a privilegiar menos la trasmisión de conocimientos para
favorecer, en cambio, sobre todo la labor sobre la apropiación, el diálogo, el
análisis, etc. Ello puede tomar la forma del critical thinking, del debate en clase, de la comunidad de
investigación o del «aprender a aprender», todos los cuales actualizan la
dimensión dialógica, subjetiva e intersubjetiva de la cultura. Un cierto
sentimiento de sospecha ha surgido paulatinamente respecto a la evidencia de lo
objetivo y de la universalidad, corriéndose el riesgo, por lo demás, de
glorificar lo singular y la mera opinión. La experiencia personal parece ser
más importante que el pensamiento a priori. Y es sobre este terreno algo
particular que se arraiga la renovación actual del deseo de filosofar.
¿De qué
motivaciones filosóficas se trata? Hay varios tipos de motivación en los que practican
la actividad filosófica. Ahora bien, es importante comprender y elaborar el
inventario de esas motivaciones, ya que varias de ellas no tienen ninguna
relación con las otras, y en algunos casos se oponen de manera categórica. Si
las expectativas y las demandas pueden coincidir en lo absoluto, se distinguen
entre sí de manera bastante nítida en cuanto a la forma y al fondo.
Intentaremos definirlas aquí en un cierto número de grandes categorías, sin
considerar que corresponden a sectores específicos de la población, tomándolas
más bien como tendencias, que pueden coexistir tanto en unos como en los otros,
pero con diversas o en distintas proporciones.
1) Lo cultural
Comenzaremos
con la demanda cultural, no necesariamente porque sea la más importante o la
más corriente, sino porque es la más tradicional. Dicha demanda anima a un buen
número de universidades populares, universidades de tiempo libre, universidades
intergeneracionales, en las cuales se imparten cursos o se dan conferencias para
el gran público. Se trata de un público que viene a iniciarse a algo que conoce
poco o no del todo, pero que le parece importante o útil de conocer por razones
de cultura general. Se trata principalmente de amas de casa y de jubilados.
En cuanto a
las amas de casa, son sobre todo aquéllas cuyos hijos ya van a ser adultos, que
disponen por ende de un poco más de tiempo libre y que se preguntan lo que
podrían hacer con el mismo. A medida que su edad avanza, desean dedicarse un
poco menos a los demás, a sus prójimos y un poco más a sí mismas. Algunas de
ellas interrumpieron sus estudios para crear una familia, pero consideran que
han pasado la edad de reiniciar estudios más avanzados: la fórmula generalista
y aficionada les conviene perfectamente.
Las personas
que frecuentan ese tipo de institución prefieren a menudo una visión generalista
y menos específica, y aprecian los programas de conferencias que les dan una
visión panorámica de los grandes temas, en vez de profundizar en una temática
específica, para lo cual seguirían cursos «clásicos» en las universidades. En el
caso de los jubilados, hay muchas personas, hombres o mujeres, que emprendieron
su carrera en campos técnicos, administrativos u otros y que experimentaron una
cierta insatisfacción en el plano cultural, y que desean aprovechar su tiempo
libre para colmar ese vacío. Se trata también de personas que no disfrutaron de
una educación muy avanzada, pero que han leído durante toda su vida o que
intentaron educarse como podían en calidad de autodidactas, y que desean
proseguir esa práctica de manera más constante. En esos públicos, ciertas
personas emprenderán luego estudios más formales y avanzados, intentando
obtener un diploma que los valorice. Para algunos, se tratará de su primer diploma
de estudios superiores. En algunas universidades populares se ha comenzado a
recurrir desde hace poco a nuevas prácticas, mediante fórmulas más participativas,
incluyendo la organización de talleres.
2) Lo existencial
En el ámbito
cultural, se hacía hincapié en el conocimiento, a pesar de que esa búsqueda del
conocimiento estaba vinculada a otras dimensiones de índole más existencial. Se
observa que la participación en las actividades filosóficas para los que han
decidido por sí mismos emprenderlas concierne principalmente a las personas de
40 años de edad y más. Esta situación puede explicarse por dos razones.
La primera
es que la cuarentena corresponde más o menos a los primeros balances de la
existencia. En los países económicamente avanzados, ello equivale al paso a la
segunda mitad de la existencia. Se procura examinar lo que sucedió durante la primera
mitad de la vida, en términos de interés, sentido, valor, etc. Uno comienza a
preguntarse si «todo eso» no fue en vano, si la vida no es otra cosa que la suma
total de los pequeños gestos cotidianos.
La segunda
razón, que se relaciona con la primera, es que la dimensión práctica de la vida
se ha «asentado». No se busca una carrera; ya está definida. Una vez
establecido el estatus de la persona, es más difícil fantasear sobre lo que podría
hacerse o sobre lo que podría ser. Además se instala una cierta fatiga,
psíquica y física, y ya no se desea perseguir quimeras ilusorias ni recompensas
materiales o concretas. En la tradición de los brahmanes, esto corresponde a la
tercera edad. La primera es la del aprendizaje, la segunda, la de la acción y
la tercera, la de la meditación. En ese momento, se deja a la generación
siguiente ocuparse de los asuntos cotidianos, para distanciarse y convertirse
en sabio, alejándose de la carrera que se concentra en la actividad material,
la gestión de los negocios o la búsqueda de los placeres de este mundo.
Claro está,
según los temperamentos, las culturas y las posibilidades económicas, este
proceso comenzará hacia la cuarentena, pero se determinará de distintas maneras
o en momentos diferentes según los individuos y las circunstancias. Sin olvidar
que en ciertos contextos socioeconómicos, incluso a una edad avanzada, si es
posible llegar a esa edad, no es posible escapar materialmente a la actividad
de supervivencia.
En resumen,
avanzamos el principio general que cuando se trata de una búsqueda existencial,
la actividad filosófica hace eco de la necesidad de comprender, de aprehender
mejor el mundo, de tomar conciencia de la finitud del ser, de aceptar la
imperfección de las cosas, e incluso de comenzar a prepararse para la muerte, etc.
Ello explica en gran parte el éxito de las distintas prácticas del desarrollo
personal.
3) Lo espiritual
La búsqueda
espiritual está estrechamente vinculada a la búsqueda existencial, pero con
formulaciones y necesidades más específicas, que podrían denominarse como
metafísicas. Esta categoría puede clasificarse como un caso particular de la
búsqueda existencial, puesto que la existencia
particular o individual puede percibirse como de índole secundaria o poco
sustancial respecto a los desafíos ontológicos o preocupaciones más abstractas.
Se concibe
entonces a la filosofía como un sucedáneo de la religión, corriéndose el riesgo
de considerar al filósofo como alguien que dispensa verdades. El rechazo de los
grandes esquemas religiosos, en particular sus obligaciones rituales, sus
rígidas jerarquías y sus imperativos morales, es una de las razones que
explican ese entusiasmo por la filosofía. A menudo encontramos en el público concernido
una receptividad bastante grande para las tesis de la New Age (1) y para la filosofía oriental. Se trata
en suma de un sincretismo compuesto de elementos religiosos y filosóficos muy diversos,
occidentales y orientales, teológicos, esotéricos y animistas. La deidad tiende
a ser despersonalizada y la persona humana, deificada, con el objetivo de
lograr superar la oposición entre lo humano y lo divino. Los conceptos o temas
recurrentes son los de unidad universal, armonía global y autonomía personal, una
nueva era en la que la humanidad realizará su potencial físico, psíquico y espiritual,
en la que superará la finitud.
Una de las
paradojas de la relación entre esta sensibilidad y la filosofía es que la New Age propugna una «superación de lo mental»,
esto es, defiende la intuición contra el concepto, lo que es más bien contrario
a las tesis clásicas de la filosofía.
Sin embargo,
se puede identificar la relación con la actividad filosófica, por una parte, porque
la influencia de la New
Age no se caracteriza siempre por una
radicalidad extrema y, por otra parte, porque las nuevas prácticas filosóficas
amplían el campo de la cultura filosófica con sus referencias culturales, así
como las modalidades del pensamiento a las que recurre. Asimismo, muchos
«cristianos culturales», en particular católicos no practicantes, se reconocen
en el enfoque filosófico, puesto que les permite tratar temáticas metafísicas
sin partir necesariamente de un discurso que se refiere a una revelación. Los
que se adhieren a ese esquema, de manera más o menos consciente, se orientarán
hacia la filosofía para obtener respuestas a sus interrogantes, corriendo el
riesgo de percibirla como un sucedáneo del cura, que proporciona elementos de la realidad que no son de este mundo. Sin
embargo, si los individuos participan en un taller de filosofía, en vez de
seguir a un gurú o ir a la iglesia, pueden emprender en cierto grado una vía
filosófica.
4) Lo terapéutico
La
terapéutica es otra forma específica de la demanda existencial. Su diferencia
principal radica en la exacerbación del problema planteado. Cuando la búsqueda del
sentido toma la forma de un dolor relativamente insoportable, cuando el cuestionamiento
se convierte en obsesión y la duda paraliza el vivir diario, se puede considerar
que estamos frente a un desorden que puede llegar a ser patológico. La línea de
demarcación, si se puede trazar, entre el problema filosófico y el problema psicológico
podría ser el mantenimiento de la capacidad de razonar, y por ende, de
distanciarse un mínimo de uno mismo. Pero esa línea no es muy clara o evidente.
Periódicamente,
la filosofía aparece por ejemplo como una actividad de consolación ante los
dolores y las tristezas de la existencia, y aun si ésa no es su forma más
corriente, al menos de manera explícita, sigue siendo una de las posibilidades que
ofrece su campo de acción. Por lo demás, algunos filósofos trabajan
explícitamente con personas reconocidas como enfermos mentales por los expertos
en la materia, como por ejemplo en los hospitales o en unidades pedagógicas
especializadas, con vistas a reconciliarlos con su condición de seres
pensantes. Sin llegar a esos extremos, algunos que experimentan dificultades
evidentes, incluso a juicio de los que no son especialistas, participan en talleres
o se inscriben en consultas particulares.
En esos
diferentes casos, uno puede preguntarse en qué medida se puede concebir la
filosofía con dicho público, si es útil o pertinente, pero de hecho una parte
del público que emprende la práctica filosófica pertenece a esa categoría.
Algunos filósofos practicantes ponen en tela de juicio de manera directa y
abierta la dominación de la psicología clínica, de la psiquiatría, de la
psicoterapia o del psicoanálisis sobre las perturbaciones mentales, afirmando
que se trata de una tentativa ilegitima de clasificar como patologías a ciertos
comportamientos que reflejan simplemente problemas existenciales a veces
agudos, que pueden y deben ser tratados mediante una práctica filosófica, más
bien que mediante una práctica médica. Consideran que el «psicologismo »
predominante equivale a una infantilización del ser humano, una pérdida de su
autonomía, una «medicalización » abusiva, un reduccionismo regresivo, e incluso
un consumismo de la mente que pretende que hay que hacer todo lo posible para
sentirse bien, ocultando la dimensión trágica y finita de todo ser humano.
Esa cuestión
permite poner de manifiesto otra problemática importante: la del estado de
pensamiento racional frente a los sentimientos, el dolor, la pasión. ¿Debe
concebirse el pensamiento racional como algo constitutivo del ser singular o,
al contrario, de lo que nos impide vivir? Evidentemente, hay pocos que van a
asumir una u otra de esas posturas extremas, pero cada individuo puede sentir
más afinidad por una o por otra. En cuanto a las personas que desean participar
en una actividad filosófica, a ver» sus problemas o atenuar su sufrimiento, mientras
que otros deberán confrontar su propio marasmo.
5) Lo político
Así como hay
algunos que conciben la actividad filosófica como un sucedáneo de la religión,
hay otros que recurren a la misma como a un sucedáneo de la política. Y esto por
varias razones. En primer lugar, porque se rehúsa «comprar» esquemas
prefabricados, ya que hoy cada individuo quiere construir su propia ideología,
sin ser demasiado consciente de ello. En segundo lugar, porque hoy en día hay
una fuerte desconfianza en los políticos, a quienes se percibe a menudo como
personas ávidas de poder o de dinero, corruptos y dispuestos a recurrir a las
estratagemas más viles. En tercer lugar, porque lo inmanente prima sobre lo trascendente:
lo interpersonal es más popular que las instituciones, el concepto de caridad
tiene mejor reputación que el de justicia, lo humanitario es más fiable que la
política. En cuarto lugar, porque el compromiso ya no está de moda: el
militante no es un ideal, deseamos ser «libres y autónomos», preferimos las
estructuras informales, las asociaciones o los comités a los partidos y a los
clanes. El debate de ideas gusta porque es abierto, el debate de opiniones está
de moda, tanto en privado como en público, en los medios de comunicación como
en el trabajo. Claro está que queda por determinar si la actividad filosófica se
presta a este tipo de ejercicio, si puede coexistir con el debate de opiniones políticas.
Todos los filósofos tendrán algo que decir sobre la relación entre el debate y
la opinión, y habrá un choque de tesis.
Pero está
claro que hay muchas personas que se orientan hacia la discusión filosófica precisamente
por esa razón: para debatir sus ideas sobre la justicia, la economía, la ética,
la política, el medio ambiente, la libertad, el poder del dinero, de los medios
de comunicación, por citar solo algunos temas recurrentes. Buscan un lugar
donde expresar sus ideas, donde escuchar las de otros, donde compartir sus
opiniones con sus conciudadanos o donde confrontarse a los mismos, donde
avanzar sus argumentos o donde desmontar los de los demás. ¿Se acude para
convencer, aprender o reflexionar? Después de todo, los filósofos profesionales
también defienden a menudo sistemas y los aficionados desean hacer lo mismo.
En algunos
lugares donde se lleva a cabo la práctica filosófica, se defiende la idea según
la cual la filosofía no tiene sentido si no «desemboca en la acción», que es necesariamente
política si desea tocar lo real. Sea como fuere, el deseo de una sociedad mejor
o de una sociedad más justa anima, desde un punto de visto teórico, tanto la
reflexión filosófica como política, y no es siempre fácil distinguir la una de
la otra. Pero ciertos lugares donde se lleva a cabo la práctica filosófica
tenderán a cerrarse sobre sí mismos si se comprueba una tendencia hegemónica,
como es el caso de todo lugar en el que impera un cierto modo de pensar tal o
cual tema. La única diferencia radica en que el debate político quizás alimenta
más fácilmente las enemistades ideológicas que otros temas.
En todo
caso, este tipo de debate permite, sin embargo, profundizar hasta un cierto punto
en las problemáticas al crear un debate de ideas, para salir de la política hecha
espectáculo, de la defensa de intereses particulares o de la
política-comunicación, a condición claro está de que se lleve a cabo de manera
adecuada.
6) Lo relacional
Una de las
razones de ser o de motivación de la actividad filosófica, por sorprendente que
sea, es el deseo de establecer una relación con sus semejantes. Y en efecto se
trata de un excelente medio para encontrar a otras personas, en particular en
nuestras grandes ciudades, donde no es siempre fácil establecer relaciones sociales
y entablar una conversación.
Y ello tanto
más si se desea que esas relaciones tengan un cierto nivel de reflexión y de
contenido, y que no se desee congeniar con cualquiera. Se puede afirmar que una
persona que frecuenta un medio filosófico goza sin duda de un cierto nivel
cultural, social y económico. ¡A pesar de que la experiencia muestra que ése no
es exactamente el caso! Algunas revistas se refieren a los cafés-filosóficos
como un lugar que se aconseja frecuentar si se desea entablar relaciones con
otras personas, puesto que es natural discutir con vecinos en ese tipo de
lugar, y que la discusión es su actividad esencial. Al contrario de lo que
ocurre con otras actividades, uno puede asistir de manera pasiva y guardar silencio
si no se siente cómodo para tomar la palabra. Dejando de lado el aspecto
caricatural, que algunos puristas estimarían ridículo, esos lugares permiten, en
efecto, establecer un vínculo social.
No siempre
encontramos los interlocutores que desearíamos encontrar, sobre todo si deseamos
hablar de temas «importantes» que no son de interés para todo el mundo. Además,
como hay una gama de actividades filosóficas, con exigencias muy diferentes,
cada uno podrá encontrar –o no– el lugar que corresponde a sus expectativas,
con el público que le conviene. Es útil que esos lugares existan, donde uno
puede encontrarse con sus semejantes para simplemente intercambiar sus ideas,
así como hay lugares en los que se puede jugar al fútbol o visitar museos en
grupo. Pero los puristas deploran el hecho de que la actividad filosófica se reduzca
a ser un mero lugar de encuentros y que se instrumentalice a la filosofía para
colmar los vacíos relacionales de los individuos.
7) Lo intelectual
Otra
categoría corresponde a la motivación intelectual, ya que ésta remite a una necesidad
particular: aprender a pensar, gozar del placer de pensar. Puede confundirse
con otras motivaciones, por ejemplo la motivación existencial, o cultural, pero
a nuestro juicio se trata de un elemento específico que merece ser analizado.
Ya que, a
diferencia de la actividad filosófica tradicional que reviste a menudo la forma
«cultural», que consiste en hacer pensar enseñando lo que han escrito los
filósofos, ciertas prácticas filosóficas, en grupo o de tipo individual, se
concentran sobre todo en la actividad del pensamiento, sin necesariamente renegar
de los aportes culturales, por ejemplo, gracias a una técnica como la del
cuestionamiento socrático: la mayéutica. En este caso, el pensamiento se
instituye como una actividad en sí, sin vincularse de hecho a elementos
culturales, existenciales, sociales u otros. Sin embargo, claro está que no
podrá ignorarlos por completo, puesto que esas problemáticas siempre estarán
presentes en filigrana y no se puede filosofar a partir de nada o de absolutamente
nada. Pero, al mismo tiempo, podrá asemejarse a la actividad de un pensamiento
que se piensa a sí mismo, que piensa sobre sí mismo, como sustancia y finalidad
de su propia actividad. Esta categoría no agrupa a la mayoría de los que desean
lanzarse en ese tipo de modalidad de práctica, habida cuenta de la dificultad de
dicha empresa, pero al mismo tiempo los que se arriesguen a practicarla serán los
más motivados y los más aptos para promover activamente la actividad
filosófica.
Encontramos
en este caso las características esenciales de lo que podría ser un
practicante, que no es necesariamente alguien que haya frecuentado un departamento
de filosofía en la universidad.
Esta
modalidad de actividad filosófica es una de las que cabría popularizar y reconocer,
ya que no será adoptada de inmediato, a pesar de que es este tipo de actividad
el que condiciona a todas las otras. ¿Cómo pensar en el mundo o en uno mismo si
no se aprende a pensar?
Eso es lo
que nos constituye de manera mucho más fundamental que muchos otros aportes
culturales o intercambios empáticos, aun si en una primera fase un ejercicio de
esa índole puede parecer extraño y desestabilizador. En efecto, el hecho de
profundizar y de conceptualizar sin preocuparse por intereses existenciales inmediatos,
sin obedecer de manera inmediata a la necesidad de expresarse, es una ascesis
que no es ni natural ni evidente.
Es el
principio de la discusión en el gimnasio, ese cuerpo a cuerpo del pensamiento, como lo concebía
Sócrates.
Tomado de LA FILOSOFÍA, UNA ESCUELA DE LIBERTAD.